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Mientras dormimos
Durante décadas, la noche fue una frontera clara entre la actividad y el descanso.
Las luces se apagaban, el ritmo se reducía y el cuerpo entendía, casi de forma automática, que era momento de parar. Hoy, en muchas ciudades, esa frontera se ha desdibujado. La noche sigue existiendo, pero el silencio ha dejado de ser la norma.
El paisaje urbano nocturno se ha transformado. Calles iluminadas de forma permanente, ventanas encendidas a cualquier hora, tráfico que no desaparece del todo y una actividad constante que envía un mensaje muy claro: aquí no se descansa. Aunque el cuerpo esté cansado, el entorno mantiene la mente en estado de alerta y dificulta la desconexión real.
Las pantallas juegan un papel decisivo en este cambio. El teléfono móvil se ha convertido en el último estímulo del día. Noticias, mensajes, vídeos o redes sociales acompañan el momento previo al sueño y, cuando aparece el insomnio, vuelven a encenderse. Por la noche, con menos energía mental, la información se percibe de forma más intensa. Las preocupaciones pesan más, las noticias inquietan el doble y las emociones se amplifican.
A todo esto se suma el ruido continuo. No siempre es evidente ni molesto de forma directa. A veces es un sonido lejano, un motor, una sirena ocasional o el murmullo constante de la ciudad. Ese fondo sonoro impide que el descanso sea profundo y reparador, incluso cuando creemos que ya nos hemos acostumbrado a él.
La noche también modifica nuestro clima emocional. Con el cansancio, el cerebro baja la guardia y procesa la realidad de otra manera. Los pensamientos se vuelven más repetitivos, los problemas parecen más grandes y la ansiedad encuentra un espacio propicio. No es que todo empeore al caer el sol, sino que la mente está menos preparada para filtrar y relativizar.
Recuperar la noche no implica detener la ciudad, algo prácticamente imposible. Significa crear pequeños espacios de calma dentro de ese entorno hiperactivo. Bajar el nivel de estímulos, reducir la exposición a pantallas, suavizar la luz y recuperar gestos sencillos que indiquen al cuerpo que el día ha terminado puede marcar una gran diferencia.
Dormir bien no es un lujo ni una debilidad. Es una necesidad básica para la salud mental y emocional. En ciudades que no descansan, proteger la noche se convierte casi en un acto consciente de autocuidado.
La ciudad seguirá encendida y las pantallas seguirán brillando. Pero reservar un espacio de silencio antes de dormir es, hoy más que nunca, una forma de resistencia tranquila.





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