Foto: Kathrine Switzer corriendo, con el organizador furioso tratando de detenerla y, alrededor, corredores que la protegían.
No por razones médicas, ni deportivas, sino por una idea profundamente arraigada: las mujeres no estaban hechas para resistir 42 kilómetros. No físicamente. No mentalmente.
Kathrine Switzer decidió demostrar que todo eso era falso.
El dorsal que lo cambió todo:
el 261Dorsal 261 - Kathrine Switzer y la carrera que abrió el maratón a las mujeres
Switzer se inscribió con sus iniciales —K. V. Switzer— y consiguió un dorsal oficial. El número 261. No estaba engañando a nadie: simplemente aprovechó un sistema que nunca había pensado que una mujer querría correr.
A los pocos kilómetros de carrera, un organizador se dio cuenta. Corrió hacia ella, intentó arrancarle el dorsal y empujarla fuera del recorrido. Las fotografías dieron la vuelta al mundo: una mujer corriendo, un hombre furioso tratando de detenerla y, alrededor, corredores que la protegían.
Kathrine Switzer no se detuvo.
Resistencia física… y mental
Correr una maratón ya es una prueba extrema. Correrla mientras te gritan que no deberías estar ahí, mientras intentan sacarte por la fuerza, lo es aún más. Switzer terminó la carrera exhausta, pero entera. Había ganado algo más que una meta.
Demostró que el problema nunca fue el cuerpo femenino, sino las normas que lo limitaban.
De atleta a activista
Después de Boston, Switzer no se quedó en la anécdota. Utilizó su experiencia, su formación y su inteligencia estratégica para impulsar un cambio real. Durante años presionó a federaciones, organizadores y comités deportivos.
En 1972, las mujeres fueron admitidas oficialmente en la maratón de Boston.
En 1984, el maratón femenino debutó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.
Nada de eso ocurrió por casualidad.
Mucho más que correr
Kathrine Switzer entendió algo clave: el deporte es una herramienta cultural. Cambiar quién puede correr cambia quién puede ocupar el espacio público, quién puede esforzarse, quién puede ser fuerte sin pedir permiso.
Hoy, el dorsal 261 se ha convertido en un símbolo mundial contra la discriminación en el deporte. Switzer lo lleva con orgullo no como recuerdo, sino como advertencia: los derechos que no se defienden, se pierden.





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