Irán atraviesa uno de los momentos más delicados de los últimos años.
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Desde finales de diciembre de 2025 y durante este inicio de 2026, el país vive una ola de protestas generalizadas que se han extendido por todo el territorio, desde grandes ciudades hasta localidades medias. No se trata de manifestaciones aisladas, sino de un movimiento amplio, persistente y con un fuerte componente social y político.
El detonante ha sido la grave crisis económica. La inflación se ha disparado, el valor del rial se ha desplomado y el precio de los alimentos básicos se ha vuelto inasumible para amplias capas de la población. A esto se suma un alto desempleo juvenil y la sensación generalizada de que no hay futuro dentro del actual sistema. Lo que comenzó como protestas por el coste de la vida ha derivado rápidamente en consignas contra el régimen y contra la élite política y religiosa que gobierna el país.
Represión
La respuesta del Estado ha sido contundente y represiva. Las fuerzas de seguridad han intervenido con dureza para disolver las concentraciones, utilizando munición real, detenciones masivas y un fuerte despliegue policial. Organizaciones de derechos humanos hablan ya de decenas de muertos y miles de detenidos, entre ellos jóvenes y menores de edad. El clima en las calles es de tensión permanente, especialmente por la noche, cuando se concentran muchas de las protestas.
Uno de los movimientos más significativos del gobierno ha sido el apagón parcial de Internet. El acceso a redes sociales y servicios de mensajería ha sido bloqueado o severamente limitado en amplias zonas del país. El objetivo es claro: dificultar la organización de las protestas y evitar que imágenes y vídeos de la represión circulen fuera de Irán. Aun así, parte del material sigue llegando al exterior, alimentando la presión internacional.
Desde el poder, el discurso oficial insiste en que las protestas están orquestadas desde el extranjero. El líder supremo, Ali Khamenei, ha acusado a potencias occidentales de fomentar el caos y ha negado cualquier legitimidad a las movilizaciones. Sin embargo, la magnitud y extensión de las protestas reflejan un malestar interno profundo que va mucho más allá de una simple conspiración externa.
En el plano internacional, la situación no ha pasado desapercibida. Estados Unidos ha lanzado advertencias directas al régimen iraní y el expresidente Donald Trump ha vuelto a elevar el tono, amenazando con represalias si continúa la represión violenta contra la población civil. La Unión Europea, por su parte, observa con preocupación los acontecimientos, aunque mantiene una postura más prudente, centrada en llamamientos a la contención y al respeto de los derechos humanos.
El trasfondo de todo esto es un agotamiento social acumulado. Años de sanciones internacionales, mala gestión económica, corrupción y falta de libertades han creado un caldo de cultivo explosivo. A diferencia de otras protestas anteriores, esta vez el movimiento parece más transversal, con participación de trabajadores, estudiantes, mujeres y jóvenes de distintos entornos sociales.
El futuro inmediato es incierto. El régimen mantiene el control institucional y militar, pero la continuidad de las protestas demuestra que el problema no se resuelve únicamente con represión. Irán se encuentra ante una encrucijada: reformas profundas o un conflicto interno cada vez más enquistado. Lo que ocurra en las próximas semanas será clave no solo para el país, sino también para la estabilidad de toda la región.
En resumen, Irán vive una crisis interna de gran calado, marcada por protestas masivas, una respuesta estatal extremadamente dura y un aumento de la presión internacional. No es un episodio puntual, sino un síntoma de un sistema sometido a una tensión cada vez más difícil de contener.
Cómo los Ayatolás llegaron al poder
Hasta 1979, Irán estaba gobernado por el sha Mohammad Reza Pahlavi, un monarca autoritario, aliado de Occidente y apoyado por Estados Unidos. Su régimen impulsó una modernización rápida, pero muy desigual, con fuerte represión política y una gran distancia entre las élites y la mayoría de la población.
Imagen: El sha Mohammad Reza Pahlavi.
Ese descontento social fue aprovechado por el clero chií, que tenía una enorme influencia religiosa y comunitaria. En 1979 estalló una revolución popular que unió a estudiantes, trabajadores, comerciantes y religiosos. La figura que lideró ese movimiento fue el ayatolá Ruhollah Khomeini, que regresó del exilio como símbolo de ruptura con el antiguo régimen.
Foto: El ayatolá Ruhollah Khomeini.
Imagen: 1979, el pueblo iraní celebra la revolución.
Tras la caída del sha, un referéndum instauró la República Islámica. Se aprobó una Constitución que dio el poder real a un líder religioso supremo, por encima del presidente y del parlamento. Khomeini ocupó ese cargo hasta su muerte, y desde 1989 lo ejerce Ali Khamenei.
Desde entonces, Irán funciona como un sistema político con elecciones, pero controlado por los ayatolás, que dominan el ejército, la justicia y los principales órganos del Estado. El modelo se ha mantenido gracias a la represión, el control institucional y el discurso de resistencia frente a Occidente.
Hoy, una sociedad mucho más joven y urbana cuestiona ese poder, lo que explica las protestas recurrentes y la crisis actual del régimen.
🌍 Las consecuencias globales del nacimiento de la República Islámica de Irán
La creación del Estado Islámico de Irán en 1979 no fue solo un cambio interno. Supuso un terremoto político, económico y energético cuyas consecuencias siguen marcando la economía mundial, los mercados del petróleo y el equilibrio geopolítico internacional.
🛢️ El petróleo como arma política
Irán es una de las grandes potencias energéticas del planeta. Tras la revolución, el nuevo régimen convirtió el petróleo en un instrumento político. La nacionalización total del sector y el enfrentamiento con Occidente provocaron inestabilidad crónica en los mercados energéticos.
La crisis del petróleo de finales de los años setenta y principios de los ochenta disparó los precios, alimentó la inflación en Europa y Estados Unidos y aceleró cambios estructurales en la economía global. Desde entonces, cada crisis con Irán genera tensión inmediata en el precio del barril.
💰 Sanciones, aislamiento y efectos colaterales
La instauración de un régimen teocrático abiertamente antioccidental condujo a décadas de sanciones económicas. Estas medidas no solo afectaron a Irán, sino también a empresas internacionales, mercados financieros y cadenas de suministro globales.
El aislamiento iraní alteró rutas comerciales, encareció materias primas y reforzó la dependencia de otros productores como Arabia Saudí o Rusia. El resultado ha sido un sistema energético mundial más frágil y politizado.
🌐 Nuevo equilibrio geopolítico
La República Islámica rompió el equilibrio regional en Oriente Próximo. Desde 1979, Irán se presenta como actor ideológico y militar, apoyando a movimientos afines en distintos países y enfrentándose a Estados Unidos, Israel y aliados occidentales.
Este papel ha generado conflictos indirectos, guerras por delegación y una constante sensación de inestabilidad que impacta en los mercados, el comercio marítimo y la seguridad internacional.
Impacto interno con efectos globales
Paradójicamente, un país rico en recursos energéticos convive con crisis económicas recurrentes. La mala gestión, la corrupción y las sanciones han debilitado la economía iraní, provocando protestas sociales que generan incertidumbre en los mercados internacionales.
Cada episodio de tensión interna en Irán es observado con lupa por inversores, gobiernos y organismos internacionales debido a su potencial impacto global.
En síntesis
La creación del Estado Islámico iraní transformó Irán en un actor central de la política mundial. Sus efectos se sienten en el precio del petróleo, la estabilidad económica global y la seguridad internacional. Más de cuatro décadas después, aquel giro histórico sigue condicionando el presente.






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