Investigador principal: Dr. A-17, Instituto de Arqueología Post-Digital
Archivo Arqueológico · Año 3026 después de la Exterminación Nuclear
Arqueología del Futuro (III)
El descubrimiento del camerino sagrado
Año 2473.
Tras retirar la última capa de sedimento sintético y restos de polímeros endurecidos, el equipo accede a una estancia situada tras lo que fue una gran sala de congregación masiva. Los registros digitales del periodo lo denominaban “palacio de deportes”. Sin embargo, los estudios coinciden en que su función principal no era atlética, sino emocional: miles de individuos se reunían allí para participar en rituales de liberación sonora colectiva.
Durante la excavación aparece una puerta metálica con una inscripción parcialmente conservada:
El hallazgo provoca expectación inmediata. La comunidad científica bautiza la estancia como La Cámara Ritual del Ídolo Sonoro.
Los objetos ceremoniales
En el interior, el orden es desconcertante. Caótico, pero selectivo. Como si el desorden obedeciera a un patrón ritual. Se documentan veintisiete botellas de agua cerradas. Tres abiertas. Una bebida verde de composición incierta. Una bandeja con fruta dispuesta con precisión. Restos de una pizza solidificada por el paso de los siglos. Toallas blancas dobladas con exactitud casi monástica.
Sobre una mesa aparece un documento manuscrito titulado “Rider”. Los arqueólogos lo interpretan como una declaración jerárquica: una lista de exigencias que debía cumplirse antes del ritual público.
La hipótesis queda registrada en el informe oficial.
El altar eléctrico
En una esquina reposa un objeto rectangular con ruedas. Negro. Compacto. Cableado. Es clasificado como dispositivo de amplificación emocional.
Cerca de él se encuentra una estructura de madera y metal con seis cuerdas tensadas. El equipo la identifica como instrumento vibracional manual.
La traducción moderna es sencilla: hacían rock.
Interpretación cultural
Los estudios concluyen que el camerino no era una simple sala privada. Era un espacio de transición simbólica. Allí el individuo abandonaba su identidad cotidiana y adoptaba la figura mítica que la multitud esperaba.
El público acudía en masa para presenciar una descarga emocional compartida: luces, vibraciones, gritos y comunión sonora. Lo que en el siglo XXI se conocía como concierto.
Epílogo
Tal vez dentro de siglos nadie comprenda qué era una banda de rock. Puede que interpreten mal nuestros objetos y símbolos.
Pero cuando encuentren una guitarra, una lista absurda de exigencias y una pizza olvidada… sabrán que también necesitábamos ruido para sentirnos vivos.


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