La pregunta del día no es económica, ni diplomática, ni siquiera militar.
La pregunta es simple, casi doméstica:
¿dónde está Nicolás Maduro?
Desde que Donald Trump anunció su captura con la tranquilidad de quien pide un café largo, el planeta entero ha entrado en modo ¿alguien lo ha visto? versión geopolítica.
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Las teorías circulan más rápido que las confirmaciones
Hay quien asegura que está en un avión rumbo a un lugar secreto. Otros dicen que sigue en Venezuela, pero en una habitación sin cobertura, lo cual hoy equivale casi a no existir. También está la hipótesis favorita de internet:
Maduro está, pero nadie sabe exactamente dónde… ni siquiera él.
En tiempos modernos, desaparecer sin dejar rastro no es fácil. Dejar de tuitear ya levanta sospechas. No salir en televisión, alarma. No dar un discurso de dos horas, directamente provoca teorías conspirativas de nivel premium.
El silencio como estrategia (o como problema)
En política, el silencio a veces es elegante. Otras veces es ensordecedor. En este caso, es un silencio que hace ruido, un vacío informativo que se llena con suposiciones, memes y expertos improvisados.
Porque cuando un presidente no aparece, el poder empieza a parecer prestado. Y cuando otro presidente dice que lo ha capturado, el silencio deja de ser una opción estética para convertirse en un problema serio.
¿Y si la respuesta es aburrida?
Existe una posibilidad inquietante: que la realidad sea mucho menos cinematográfica que las teorías. Que no haya escena nocturna, ni helicópteros dramáticos, ni sala oscura con banderas. Que todo sea más gris, más burocrático, más… expediente.
Pero claro, eso no encaja bien en titulares.
La era del “anuncio primero, prueba después”
Vivimos un tiempo maravilloso (y algo peligroso) en el que decir algo puede ser casi tan potente como demostrarlo. La frase “está capturado” viaja más rápido que cualquier documento oficial. Y mientras tanto, el mundo especula, los mercados miran y los diplomáticos suspiran.
La pregunta “¿dónde está Maduro?” ya no es solo geográfica. Es simbólica. Es política. Es casi filosófica.
Conclusión poco concluyente
Puede que sepamos dónde está mañana.
Puede que no lo sepamos en semanas.
Puede que aparezca dando un discurso como si nada.
O puede que la historia tome un giro que nadie tiene en el guion.
De momento, lo único seguro es esto:
cuando un presidente desaparece y otro lo anuncia, la realidad entra en modo borrador.
Y el mundo, como siempre, espera la siguiente actualización.




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