Más de 3.000 líderes mundiales, entre jefes de Estado, directivos de grandes corporaciones, economistas, académicos y expertos en innovación, participan en un encuentro marcado por una sensación compartida: el mundo avanza, pero sin un rumbo claro.
Bajo un clima de desaceleración económica, tensiones geopolíticas persistentes y cambios tecnológicos acelerados, Davos 2026 no se presenta como un foro de celebración, sino como un espacio de diagnóstico. Las grandes preguntas superan a las respuestas y los discursos iniciales han reflejado una realidad incómoda: la cooperación internacional sigue siendo necesaria, pero cada vez es más difícil de articular.
Crecimiento económico, sí… pero ¿para quién?
Uno de los ejes centrales de esta edición es el crecimiento económico en un contexto de desigualdad creciente. Las cifras macroeconómicas muestran signos de recuperación en algunas regiones, pero los beneficios no se reparten de forma homogénea. En Davos se habla de productividad, inversión y competitividad, pero también de salarios estancados, precariedad y desafección social.
Los líderes empresariales reconocen que el modelo actual genera riqueza, aunque no siempre estabilidad. Y esa falta de equilibrio se traduce en malestar político, polarización y desconfianza hacia las instituciones, un tema que atraviesa casi todos los paneles del foro.
Tecnología, inteligencia artificial y control
La inteligencia artificial vuelve a ocupar un lugar protagonista. No como promesa futurista, sino como realidad presente que ya está transformando mercados laborales, sistemas educativos y procesos de toma de decisiones. En Davos se debate sobre regulación, ética y control, pero también sobre competitividad: quien no lidere la IA, quedará atrás.
El tono, sin embargo, es menos eufórico que en ediciones anteriores. Existe consenso en que la tecnología avanza más rápido que la capacidad política para gestionarla, y que el riesgo no está solo en lo que la IA puede hacer, sino en quién decide cómo y para qué se utiliza.
Un tablero geopolítico cada vez más frágil
Davos 2026 también refleja un mundo fragmentado. Las tensiones comerciales, los conflictos latentes y la reconfiguración de alianzas internacionales condicionan el debate económico. La globalización ya no se da por sentada; ahora se discute en términos de bloques, seguridad y soberanía.
Europa, Estados Unidos y Asia llegan al foro con agendas propias, a veces divergentes, y con un denominador común: la necesidad de proteger intereses nacionales sin romper del todo los puentes del comercio y la cooperación.
El valor simbólico de Davos
Más allá de los acuerdos concretos —que suelen llegar meses después o no llegar nunca—, Davos sigue cumpliendo una función clave: marcar el clima del año. No dicta políticas, pero señala prioridades. No impone soluciones, pero revela preocupaciones.
Y la principal preocupación de este 2026 es clara: el mundo funciona, pero lo hace bajo tensión constante. No hay colapso inmediato, pero tampoco tranquilidad estructural.
Davos no ofrece respuestas mágicas. Ofrece algo más incómodo:
un espejo donde el poder global se mira y reconoce que el futuro será complejo, disputado y exigirá decisiones que ya no pueden seguir posponiéndose.




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