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Inviernos sin invierno y veranos adelantados
Algo se ha desajustado. No hace falta leer informes científicos ni mirar gráficas complejas para notarlo. Basta con salir a la calle. En Baleares, los inviernos ya no siempre parecen invierno, las lluvias llegan cuando no se esperan y el calor aparece en enero como si se hubiera equivocado de calendario.
No es una sensación aislada. Es una conversación recurrente en mercados, bares, escuelas y oficinas. “Esto antes no pasaba”. “No toca”. “El tiempo está loco”. Frases simples que esconden una percepción colectiva clara: las estaciones han perdido nitidez.
Durante años, el invierno balear tuvo un carácter reconocible. Frío moderado, lluvias más o menos previsibles y una pausa natural después del verano. Hoy, esa pausa es irregular. Hay semanas templadas que recuerdan a la primavera, seguidas de episodios de lluvia intensa concentrados en pocos días, y luego largos periodos secos que desconciertan tanto al campo como a la ciudad.
No se trata solo de temperaturas. Es el ritmo lo que ha cambiado. Las estaciones ya no se suceden con la lógica de antes. Se solapan, se interrumpen, se desordenan. Y cuando el clima pierde ritmo, la vida cotidiana también se resiente.
El campo lo nota primero. Agricultores que ya no saben cuándo plantar o recoger. Floraciones adelantadas que luego se ven castigadas por un frío tardío. Reservas de agua que suben y bajan de forma imprevisible. Pero la ciudad tampoco es ajena a este desconcierto. Calles que se inundan por lluvias concentradas, humedad persistente en viviendas, cambios bruscos que afectan al descanso y al estado de ánimo.
Lo curioso es que este “clima raro” no siempre se vive como una amenaza inmediata, sino como una incomodidad constante. No genera pánico, pero sí desgaste. Obliga a adaptarse continuamente. A vestirse sin saber si sobra o falta abrigo. A planificar sin certezas. A convivir con la sensación de que el calendario ya no manda tanto como antes.
Sin alarmismos, pero con honestidad, Baleares vive una transición climática perceptible. No es el fin del mundo, pero tampoco es lo de siempre. Y quizá por eso inquieta más: porque no rompe de golpe, sino que se cuela poco a poco en la normalidad.
El clima no solo define el paisaje. Define rutinas, economía, humor y memoria. Cuando deja de comportarse como esperamos, algo dentro también se descoloca. Tal vez por eso hablamos tanto del tiempo últimamente. No para llenar silencios, sino para intentar entender qué estación estamos viviendo… y cuál vendrá después.



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