El termómetro del sábado por la noche.
22:00 h.
El calor ha venido a dormir en mi casa.
Lo echaba de menos. Ha llegado sin llamar, como hacen los viejos conocidos. No ha pedido permiso. Ha dejado las maletas junto al sofá y se ha instalado con la naturalidad de quien sabe que nadie va a discutirle la estancia.
Parece que ha venido a quedarse.
Las ventanas permanecen abiertas, pero esta noche no entra ni una brizna de aire. La ciudad respira despacio, casi con esfuerzo. El asfalto sigue devolviendo el sol que acumuló durante el día y las fachadas desprenden ese calor silencioso que convierte la noche en una prolongación de la tarde.
Los ventiladores trabajan con disciplina, aunque más por esperanza que por eficacia. Mueven el aire, sí, pero no consiguen convencer al verano de que dé un paso atrás.
En los balcones vuelven las conversaciones tardías. Alguna persiana permanece a medio cerrar. Un perro ladra a lo lejos. Un ciclomotor rompe durante unos segundos el silencio y desaparece por una calle vacía. La ciudad no duerme; simplemente espera.
Es el primer aviso.
Dentro de unos días ya no hablaremos del calor. Hablaremos de "la ola". Buscaremos la sombra más cercana, cambiaremos los horarios y aprenderemos otra vez que en el Mediterráneo las noches de verano también pueden ser largas.
Mientras tanto, el recién llegado se acomoda.
Ha ocupado el salón, el dormitorio y hasta el pasillo. Se ha apropiado de las sábanas y del vaso de agua que dejamos sobre la mesilla. No parece tener ninguna prisa por marcharse.
Y, en el fondo, todos sabemos que esta visita llevaba semanas anunciándose.
Las maletas no son para un fin de semana.
Son para todo el verano.
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