Cuando una guitarra llore con su melodía en el recuento de una vida, no quiero que me acompañe el pesar de lo que será para mí a partir de ahora.
Ese lamento de un anciano de ochenta y pocos más años me lo comentaba una mañana que había amanecido con el propósito de que el sol templara un poco más el día sentados ambos dos en un banco de madera de un parque del que no llego a recordarme. Hablamos sin que las prisas acortaran el tiempo que nos habíamos dado y lo recuerdo con su voz lenta y parsimoniosa.
Y créame, me dijo, que no me resulta fácil contener aquella lágrima que furtiva viene a dejar constancia cuando se seca sobre la mejilla cariacontecida, que por mucho que lo quiera disimular ya ha dejado un surco en su recorrido hasta la comisura de mis labios con sabor a agua salada.
Y no la limpio, como si quisiera verla convertida en un bello cristal a la que diera lugar el brujo alquimista que trabaja los sentimientos.
Y tampoco me apena por lo vivido, quizás sí un poco de lo que quise y no pude convertir en realidad. Pero eso es tiempo pasado que ya no va a volver, y como tal en lugar de guardarlo en el baúl de los recuerdos, debo hacerlo en un archivo de mi nube con la orden de que no pudiera abrirlas jamás.
Con frecuencia, la tristeza por sentirme solo, quizás sí tenga sentido. Siempre estuve rodeado de mucha gente, pero no quise vivir con esos recuerdos. Siempre me mimaron los elogios a los éxitos obtenidos y nunca me hicieron llegar los fracasos que me acompañaron porque yo quise quitarlos de en medio. Eso no era lo que me habían hecho creer del material con el que había sido concebido.
Los errores no contemplados, pero sí existentes, revolotearon con cierta insistencia en el navegar de mis tiempos y aconteceres. La mar nunca me acompañó como un mal mayor en medio de una tormenta y tan solo me señaló como si de verdad estaba ella un poco agitada. Probablemente ese planteamiento hizo que rebajara la intensidad de los problemas para así poder resolverlos un poco más rápido. La solución a muchas situaciones no fuera aplicar la técnica del avestruz, porque los problemas seguían existiendo y su irresoluble situación las había dejado vencer siguiendo en el hoyo en la cual enterré toda la cabecita pensando que como ya no los veía, el peligro había desaparecido.
Hoy, al filo del cumplimiento de la edad, sé que solo me quedan dos armas con las que enfrentar el futuro: el tiempo y el silencio.
El tiempo que me permitirá recorrer unos caminos hacia la esperanza y el silencio al que me estoy acostumbrando en vida, y que será eterno al final de esos recorridos.
Hay quien dice que la soledad es una pesada carga que los humanos juzgamos como exagerada. Desde luego así pueden pensarlo quienes las saetas de un reloj nunca le han perseguido desde joven. No es así para quienes su existencia se ha desarrollado durante mucho tiempo en ese envoltorio absolutamente perceptible.
La soledad no es una etapa obligatoria sino una situación cierta sin posibilidad de darle una vuelta a la cabeza para despertar de ese sueño, que lejos de serlo, es una auténtica realidad.
La soledad en un viejo, se razona hasta comprenderla y asumirla, en un joven no es aceptable.
Yo, os recomiendo que leáis algún pasaje del poeta hindú Rabindranath Tagore, y veréis como el lenguaje que utilizaran los niños diseñan una Luna Nueva y que ya casi me la tengo por aprendida recitándola para mis adentros…
“¿De donde vine yo? ¿Donde me encontraste?, pregunta el niño a su madre. Ella llora y ríe al mismo tiempo, y estrechándole con otra su pecho le responde: Tú estabas escondido en mi corazón, amor mio, tú eras su deseo.”
¡Qué feliz eres, niño, sentado en el polvo, divirtiéndote toda la mañana con una ramita rota! Yo sonrío al verte jugar con ese trocito de madera. Yo estoy ocupado haciendo cuentas; he olvidado tu arte, y me paso horas y horas sumando cifras. Tal vez me miras con el rabillo del ojo y piensas: ¡Qué necedad perder la tarde con un juego como ese! Niño, le digo, los bastones y las tortas de barro ya no me divierten; he olvidado tu arte. Persigo entretenimientos costosos y pretendo amontonar oro y plata. Tú juegas con el corazón alegre con todo cuanto encuentras. Yo dedico mis fuerzas y mi tiempo a la conquista de cosas que nunca podré obtener. En mi frágil esquife pretendo cruzar el mar de la ambición, y llego a olvidar que yo también estoy jugando.
Cuando viejo, me doy cuenta que la soledad que me envuelve, no es la ausencia de alguien que pueda ser mi compañía, antes bien es la presencia de mi mismo, y aunque todas las estrofas de cualquier oda poética sobre la soledad, tiende a reflejar la tristeza en la que se halla sumido él o ella, así lo siente.
Sentirse solo no implica una vida en soledad, porque uno vive solo pero con frecuencia los recuerdos que han mezclado alegrías con tristezas, aún viviendo en soledad no quiere decirse que estas solo.
Por eso, me he apuntado siempre a creer que en el silencio de la soledad, se revelan las respuestas que el ruido del mundo oculta, y sin duda alguna la soledad es el eco de mi propia voz, la oportunidad de escucharme sin ninguna distracción.
Emilio José compuso esa melodía tras un desengaño amoroso y la dedicó a quien quiso llamarse SOLEDAD.
Estoy ahora solo, mi querido amigo, pero al caer el día, me cubrirá mi silencio con un determinado recuerdo revoloteando por los pensamientos.
Pensaré en soledad y con el deseo de pasar una buena noche dormiré también en soledad y quien sabe si pudiera hacerlo no tan solo.

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