Crónica urbana de primavera
Ahhh...La primavera... Los queridos atascos para llevar a los niños al cole, me estoy acostumbrando, ya disfruto de ir en primera, arrancar y parar. Me encanta ver los coches modernos de alquiler que llenan la ciudad aportando esta variedad de colores, llantas y alerones.
Pero, lo bueno de verdad, es sentir el calor humano en el autobús. Todos muy juntos y revueltos. Y, no olvidemos el tiempo en las paradas, que nos permite observar la fauna humana que sube y baja.
Pero aquí es Mallorca, lo entendemos todo. Los conductores de la EMT son verdaderos héroes capaces de controlar a todos. Los que entran por la puerta de atrás, los que no dejan los asientos a los mayores, los que se quejan por costumbre.
Sin hablar de los que se desmayan por el calor, ya que el aire acondicionado nunca es suficiente para ventilar tanta gente junta.
Me gusta caminar entre la multitud en la calle Sant Miquel. Hay veces que te miran intentando descifrar si eres local o visitante.
En realidad son diferentes, con personas capaces de aguantarlo todo. O no.
Y luego están las terrazas. Ese territorio neutral donde conviven idiomas, prisas y camareros que ya han desarrollado una habilidad casi telepática para adivinar si quieres un café solo, un “cortado” o un “espresso but not too strong, please”.
Las mesas siempre están llenas. Siempre. Da igual la hora. Uno empieza a sospechar que hay gente que vive ahí, como si hubieran firmado un contrato vitalicio con la silla de mimbre.
Y tú, mientras tanto, orbitando alrededor con la esperanza de que alguien haga el gesto mágico de levantarse… ese pequeño milagro urbano que se celebra más que un gol en el descuento.
Porque sí, la primavera en Mallorca no llega sola. Llega con su banda sonora: maletas rodando por adoquines, conversaciones en cinco idiomas distintos en la misma esquina y ese “perdona, una foto?” que nunca falla.
Y ahí estás tú. Habitante local. Experto en esquivar grupos. Maestro del zigzag entre carritos, mochilas y bicicletas que no deberían estar donde están.
Desarrollas reflejos que ni en la Fórmula 1. De hecho, conducir por Palma en abril es lo más parecido a una competición internacional… pero sin trofeo, solo con paciencia.
Luego llega ese momento glorioso del día: cuando decides que ya has tenido suficiente humanidad por hoy. Te retiras. Caminas más rápido. Buscas una calle secundaria, una sombra, un respiro.
Un silencio breve, casi sospechoso.
Porque al girar la siguiente esquina… ahí están otra vez.
Los mismos. O parecidos. O nuevos. Da igual.
La primavera no perdona.
Y tú sonríes. Porque en el fondo —muy en el fondo— sabes que esto también es la isla.
Ese caos amable.
Esa mezcla imposible.
Ese escenario donde todos vienen… y tú te quedas.
Aunque a veces no lo parezca, sigues jugando en casa.

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