El alma geográfica
Hay una pregunta que la psicología ambiental lleva décadas formulando: ¿puede un paisaje guardar nuestra memoria? ¿Puede una calle, una montaña o el color de la luz sobre el mar contener algo más que belleza? La respuesta, cada vez más respaldada por la ciencia, es que sí. Los lugares no son meros escenarios donde ocurre nuestra vida. Son depósitos activos de nuestra identidad. Y cuando esos lugares cambian, cuando se transforman o se pierden, algo en nosotros también se quiebra.
Este reportaje se adentra en la psicología de la memoria colectiva aplicada al territorio balear. Explora lo que la ciencia llama "apego al lugar", los estudios sobre duelo paisajístico y las investigaciones que demuestran cómo la transformación acelerada del entorno puede generar síntomas similares a los del duelo por un ser querido. Baleares, con su mezcla de tradición milenaria y presión turística, se convierte en un laboratorio único para entender esta relación.
La psicología del arraigo: cuando el suelo sostiene la mente
El concepto de "apego al lugar" fue desarrollado por los psicólogos ambientales Irwin Altman y Setha Low en los años noventa. Designa el vínculo afectivo que las personas establecen con entornos específicos, un lazo que cumple funciones psicológicas fundamentales: proporciona seguridad, continuidad biográfica y sentido de pertenencia. Un estudio de 2018 publicado en el Journal of Environmental Psychology demostró que las personas con alto apego a su lugar de residencia presentan niveles significativamente más bajos de ansiedad y depresión, incluso en contextos de adversidad económica.
Pero el apego al lugar no es solo una cuestión individual. La memoria colectiva, ese concepto que Maurice Halbwachs desarrolló en los años veinte, se ancla en el territorio. Los espacios públicos, los edificios emblemáticos, los caminos ancestrales funcionan como soportes físicos de la memoria compartida. Cuando esos soportes desaparecen, la comunidad pierde no solo un paisaje, sino parte de su capacidad para recordar quién es.
El rostro cambiante de Baleares: un laboratorio del duelo paisajístico
Baleares ha experimentado en las últimas décadas una transformación territorial sin precedentes. Entre 1990 y 2020, la superficie urbanizada en Mallorca se multiplicó por tres, según datos del Institut Balear d'Estadística. Cada año, centenares de hectáreas de paisaje tradicional son sustituidas por infraestructuras turísticas, carreteras y urbanizaciones. Este fenómeno, común a todo el Mediterráneo, tiene aquí una intensidad particular.
La psicóloga ambiental Maria Antònia Gomila, investigadora de la Universitat de les Illes Balears, lleva años estudiando las consecuencias emocionales de esta transformación. En un estudio de 2022 con habitantes de la Serra de Tramuntana, documentó lo que denomina "síndrome del paisaje perdido": una combinación de tristeza, desorientación y sensación de extrañamiento que afecta especialmente a las personas mayores que han visto cambiar el entorno de su infancia. "No es nostalgia", aclara Gomila. "Es una respuesta psicológica documentada ante la pérdida de referentes espaciales que estructuraban la identidad".
La neurociencia del lugar: qué ocurre en el cerebro cuando perdemos un paisaje
Las neurociencias han aportado datos sorprendentes sobre esta relación. El equipo de Eleanor Maguire, en University College London, demostró hace años que los taxistas londinenses desarrollan un hipocampo posterior más grande, la región cerebral implicada en la navegación espacial y la memoria. Pero investigaciones más recientes han ido más lejos: el hipocampo no solo almacena mapas cognitivos, sino también las cargas emocionales asociadas a esos lugares.
Un estudio de 2021 publicado en Nature Neuroscience utilizó resonancia magnética funcional para observar la actividad cerebral de personas mientras visualizaban imágenes de su lugar de origen transformado digitalmente. Los resultados mostraron activación simultánea de la corteza retrosplenial, implicada en la orientación espacial, y la amígdala, centro del procesamiento emocional. Cuando el paisaje había sido alterado, se registraba además una activación de la ínsula anterior, asociada al malestar y la sensación de pérdida. El cerebro, literalmente, duele cuando el paisaje cambia.
La memoria del olivo: historia de un testigo milenario
En la finca de Son Moragues, en Valldemossa, crece una olivera que los botánicos estiman en más de mil años. Su tronco retorcido ha visto pasar generaciones de payeses, invasiones, guerras, la llegada del turismo y la transformación de los caminos de piedra en carreteras asfaltadas. Para los actuales propietarios, como para muchos mallorquines, ese árbol no es solo un ejemplar botánico. Es un testigo, un anclaje físico con una continuidad que trasciende la vida humana.
La psicóloga clínica Catalina Rosselló, especializada en terapia narrativa, explica que elementos como este olivo cumplen una función psicológica esencial: "Son lo que llamamos objetos de continuidad. Permiten a las personas experimentarse a sí mismas como parte de algo más grande que su propia biografía. Cuando desaparecen, se rompe un hilo que conectaba generaciones". Rosselló ha trabajado con pacientes que, tras la tala de un árbol centenario o la demolición de una posesión antigua, describen síntomas similares a los del duelo: tristeza profunda, insomnio, pérdida de sentido.
Cuando el territorio se vuelve irreconocible: el extrañamiento
El concepto de "extrañamiento" proviene de la teoría literaria, pero los psicólogos ambientales lo han adoptado para describir la experiencia de quienes ya no reconocen el lugar donde crecieron. No se trata solo de que haya cosas nuevas, sino de que la estructura misma del espacio, su lógica, su ritmo, su olor, su sonido, han cambiado radicalmente.
El antropólogo balear Antoni Tarabini ha documentado decenas de testimonios de personas mayores que evitan volver a los pueblos donde nacieron porque la experiencia les resulta dolorosa. "Dicen que ya no es su lugar", explica Tarabini. "Las referencias que estructuraron su infancia han desaparecido. El camino por el que iban a la fuente ahora es una rotonda. La plaza donde jugaban está llena de terrazas de restaurantes. No es nostalgia banal, es desorientación existencial".
Este fenómeno tiene una base neurológica. Cuando nuestro sistema de navegación espacial, que opera con mapas cognitivos almacenados en el hipocampo, se enfrenta a un territorio radicalmente transformado, entra en conflicto. La sensación resultante es de vértigo, de no saber situarse, de estar en un lugar que simultáneamente es y no es el nuestro.
La generación del desarraigo: jóvenes sin paisaje propio
Si los mayores sufren por el paisaje que perdieron, los jóvenes baleares se enfrentan a un problema diferente: muchos nunca han tenido un paisaje estable con el que construir arraigo. La rotación de usos del suelo, la turistificación de los centros históricos y la transformación acelerada del territorio han generado una experiencia de provisionalidad permanente.
Un estudio de 2024 realizado por el Observatori de la Joventut de les Illes Balears con jóvenes de entre 18 y 30 años reveló que el 67% considera que el paisaje de su infancia ha cambiado tanto que ya no lo reconocen. Más llamativo aún: el 41% afirma no sentirse arraigado a ningún lugar concreto de las islas. "Son nativos digitales que han crecido en un territorio que cambiaba más rápido que ellos", comenta la socióloga Margalida Ramis. "Han desarrollado identidad en redes sociales, en comunidades virtuales, pero no en el espacio físico. Es una generación sin geografía propia".
Las consecuencias psicológicas de este desarraigo empiezan a ser documentadas. Investigaciones preliminares sugieren correlaciones entre baja identidad de lugar y mayores tasas de ansiedad, dificultades para la construcción de proyectos vitales a largo plazo y una sensación difusa de no pertenecer a ninguna parte.
El paisaje como terapia: la naturaleza que cura
Si la pérdida de paisaje duele, la presencia de paisaje significativo sana. La llamada "terapia de naturaleza" o "terapia verde" acumula décadas de evidencia científica. Un metaanálisis de 2020 que revisó 143 estudios concluyó que la exposición a entornos naturales reduce significativamente el estrés, la ansiedad y la depresión, mejora la función cognitiva y fortalece el sistema inmunológico.
Pero hay algo más específico: el paisaje con carga simbólica, el que contiene memoria personal o colectiva, potencia estos efectos. El psicólogo clínico Miquel Àngel Coll, que realiza salidas terapéuticas con pacientes en la Serra de Tramuntana, lo explica así: "No es lo mismo pasear por cualquier bosque que hacerlo por el bosque donde tu abuelo te enseñó a buscar setas. El paisaje significativo activa capas de memoria, de identidad, de continuidad, que multiplican su efecto reparador".
Coll trabaja con pacientes que sufren duelo complicado, y una de sus intervenciones consiste precisamente en acompañarlos a lugares que fueron importantes para la persona fallecida. "El paisaje contiene al otro. Pasear por donde paseaban juntos, sentarse en el banco donde solían hablar, es una forma de mantener el vínculo. El lugar sostiene la memoria cuando las palabras ya no alcanzan".
Baleares ante el espejo: ¿qué paisaje queremos legar?
Las preguntas que este reportaje plantea no son solo académicas. Tienen consecuencias políticas, urbanísticas y sociales directas. Si aceptamos que el paisaje es un soporte de la salud mental colectiva, ¿debemos protegerlo con la misma intensidad con que protegemos un hospital? Si la transformación acelerada del territorio genera sufrimiento psicológico, ¿deben los planes urbanísticos incorporar evaluaciones de impacto emocional?
Algunos territorios han empezado a moverse en esta dirección. El Convenio Europeo del Paisaje, firmado en Florencia en 2000 y ratificado por España, reconoce explícitamente la dimensión psicológica y social del paisaje. Pero su aplicación práctica sigue siendo limitada. En Baleares, la defensa del paisaje se ha articulado tradicionalmente en términos ecológicos o patrimoniales, raramente en términos de salud mental colectiva.
El filósofo y ensayista mallorquín Gabriel Barceló propone un giro conceptual: "Hemos hablado mucho de proteger el paisaje por su belleza o por su valor ecológico. Quizá ha llegado el momento de hablar de protegerlo porque lo necesitamos para estar psicológicamente sanos. El paisaje no es un lujo estético. Es una infraestructura emocional básica".
La mirada larga: lecciones de la piedra en seco
Hay una sabiduría en la arquitectura tradicional mediterránea que la ciencia contemporánea está redescubriendo. La piedra en seco, esa técnica milenaria que construye muros sin argamasa, permite que el agua filtre, que la tierra respire, que el muro se adapte al movimiento del terreno. No es una construcción rígida, sino una construcción viva, que negocia con el tiempo en lugar de enfrentarse a él.
Los psicólogos ambientales llamarían a esto "resiliencia". La capacidad de un sistema, también un sistema psicológico, de adaptarse a las perturbaciones sin perder su estructura fundamental. El desafío para Baleares, para el Mediterráneo, para cualquier territorio que quiera mantener su alma, es encontrar ese equilibrio: transformarse lo suficiente para seguir vivo, pero no tanto como para dejar de ser quien es.
El antropólogo Tarabini lo resume con una imagen: "El paisaje balear es como esos muros de piedra en seco. Ha cambiado siempre, lentamente, piedra a piedra, generación tras generación. Lo que vivimos ahora no es cambio, es sustitución. No es evolución, es borrado. Y el borrado duele porque borra con el paisaje una parte de nosotros mismos".
La memoria que somos
Cuando los psicólogos preguntan a las personas qué salvarían de un incendio, las respuestas más frecuentes no son objetos de valor económico. Son fotografías, cartas, objetos heredados. Cosas que no valen nada para nadie más, pero que para quien las guarda contienen memoria. El paisaje es eso: una fotografía gigante que habitamos, una carta escrita por generaciones, un objeto heredado que no podemos guardar en una caja porque es el suelo que pisamos.
La ciencia lo confirma: necesitamos ese suelo. Necesitamos reconocernos en él. Necesitamos que los lugares donde crecimos sigan siendo, al menos en parte, reconocibles. No por nostalgia, sino porque nuestra identidad, nuestra memoria, nuestra salud mental, están hechas de la misma materia que los paisajes que habitamos.
Cuando un olivo milenario cae, cuando una posesión se convierte en hotel, cuando un camino de piedra se asfalta, algo en nosotros cae también. No es metáfora. Es neurología. Es psicología. Es, quizá, la forma más antigua de sabiduría: la que recuerda que somos tierra que camina, memoria que respira, paisaje que sueña.
Y cuando el paisaje se pierde, perdemos también un poco de nuestra capacidad para soñar.
Preguntas frecuentes sobre memoria del paisaje y psicología del territorio¿Qué es el apego al lugar en psicología ambiental?
El apego al lugar es el vínculo emocional que las personas desarrollan con un entorno concreto. Este concepto, estudiado por la psicología ambiental, explica cómo los paisajes, las ciudades y los territorios influyen en la identidad personal y en la sensación de pertenencia.
¿Puede el paisaje influir en la salud mental?
Diversos estudios científicos han demostrado que los entornos naturales y los paisajes significativos reducen el estrés, mejoran el bienestar psicológico y fortalecen la identidad personal. La pérdida o transformación del paisaje puede provocar emociones similares al duelo.
¿Qué es el duelo paisajístico?
El duelo paisajístico describe la respuesta emocional que experimentan las personas cuando el entorno que forma parte de su memoria desaparece o se transforma radicalmente. Este fenómeno ha sido estudiado especialmente en territorios con cambios rápidos en el paisaje.
¿Por qué el paisaje forma parte de la memoria colectiva?
Los espacios físicos —plazas, caminos, edificios o montañas— funcionan como soportes materiales de la memoria colectiva. A través de ellos, las comunidades recuerdan su historia, sus tradiciones y su identidad cultural.
¿Qué ocurre en el cerebro cuando cambia un paisaje familiar?
Investigaciones en neurociencia han mostrado que regiones cerebrales como el hipocampo, la amígdala y la corteza retrosplenial participan en la memoria espacial y emocional. Cuando un paisaje familiar se transforma, estas áreas pueden activarse generando sensación de pérdida o desorientación.
¿Por qué el paisaje de Baleares es un caso de estudio?
Las Islas Baleares han experimentado cambios territoriales muy intensos en pocas décadas debido al desarrollo turístico. Esto convierte al archipiélago en un laboratorio natural para estudiar la relación entre transformación del paisaje, identidad cultural y bienestar psicológico.


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