CRÓNICA URBANA NOCHE
¿Qué más queda para un lunes?
A las 23:37 la pregunta no suena dramática. Suena práctica. El lunes ya ha gastado casi todas sus fichas y la ciudad no está para metáforas. Ha cumplido horario, ha soportado reuniones innecesarias, ha sobrevivido al tráfico de primera hora y al café de media tarde que no hizo milagros.
¿Qué más queda?
Queda poco ruido. Quedan semáforos cambiando para conductores distraídos. Quedan ventanas encendidas en edificios donde alguien decide que adelantar trabajo es una forma de controlar el martes. Quedan terrazas con dos mesas ocupadas y conversaciones sin entusiasmo, como si nadie quisiera admitir que el día se terminó sin dejar huella.
El lunes no tiene épica. No seduce. No promete redención. Es un día de trámite largo, de productividad forzada, de agenda apretada y recompensa mínima. Cuando llega la noche, no busca aplausos; busca silencio.
¿Qué más queda para un lunes que ya ha hecho lo que debía?
Queda la ciudad en modo mantenimiento. Un camión de limpieza avanzando con disciplina. Una patrulla cruzando sin sirena. Una farola que ilumina más asfalto que personas. Queda la estructura funcionando aunque el ánimo esté en ahorro de energía.
Queda también esa ligera sensación de que la semana apenas empieza y ya pesa. El martes asoma como una repetición mejor maquillada. Nadie espera fuegos artificiales. Solo estabilidad. Que nada falle. Que el sistema aguante.
Quizá eso sea lo único que queda para un lunes: continuidad. Que todo siga en su sitio. Que el engranaje no se detenga. Que la ciudad respire bajo mínimos pero respire.
No es brillante. No es memorable. Pero sigue funcionando.
Y a veces, en una ciudad, eso es suficiente.

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