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DIEZ DE OCTUBRE, DÍA MUNDIAL DE LAS ENFERMEDADES MENTALES

PLANETA UNIVERSAL BALEARES · TRIBUNA
10 DE OCTUBRE

DIEZ DE OCTUBRE, DÍA MUNDIAL DE LAS ENFERMEDADES MENTALES



“Hoy quiero despertar un sueño.
Despertar, abrir los ojos
y perderme en un mundo que añoro”
Sonia Saavedra
De Cenizas apagadas 1993

Estos tres versos forman parte de un momento en que la melancolía me impulsó a plasmar, por primera vez unos sentimientos que se desbordaban ante el desencanto y las frustraciones derivadas de mi estado crónico de dolor.

Me pregunto cuántas veces se confunden la melancolía o el desánimo con la depresión, pero estoy convencida de que el hecho de no actuar a tiempo puede provocar que esos estados de ánimo deriven, si no se vigilan, en enfermedades mentales cuyos síntomas son inicialmente invisibles, pero que, a la larga pueden resultar muy perturbadores.

En esta ocasión no voy a tratar de buscar datos estadísticos ni conclusiones de las investigaciones que se han hecho al respecto; sólo voy a hablar de mi experiencia, de la mía propia y de aquella que he visto en personas de mi entorno.

Recuerdo que, cuando era pequeña, solía escuchar una frase muy habitual: Fulanita está mala de los nervios y no puede bla bla bla.

Saber después que Fulanita o Menganito estaban mal para unas cosas que implicaban responsabilidades, pero muy bien para otras más lúdicas, me hizo recelar de las afirmaciones acerca del estado de “los nervios” de algunos conocidos, máxime cuando en mi propia casa tenía un torbellino de mujer que podía y todavía puede con todo: mi madre.

Durante mi adolescencia me enteré de que algunos miembros de mi familia padecían depresión, y fue entonces cuando empecé a cuestionarme cuál sería el motivo por el cual aquellas personas tan encantadoras, tan luchadoras, tan trabajadoras, con plena estabilidad económica y familiar, sufrían ese mal.

Mis inquietudes aumentaron cuando yo misma entré en un estado de tristeza inabarcable que empeoraba conforme me daba cuenta de que el verdadero sufrimiento no estaba entre las cuatro paredes de mi casa, sino en el exterior: en la enfermedad de otros, en la soledad de otros, en la ausencia de paz de tantos habitantes de la Tierra, en la falta de alimento, de agua, de condiciones óptimas de salubridad y en la carencia de tantas cosas.

Tuve que ver uno de los muchos reportajes que he visto a lo largo de mi vida sobre el DOMUND para descubrir que, en ocasiones (sólo en ocasiones) las personas que menos tenían eran capaces de vivir con una sonrisa tan franca como su capacidad de oblación. Así me lo confirmó Fermín, un hermano paúl que, tras su ordenación, marchó a Honduras para ponerse al servicio de los más pobres.

Desde entonces siempre he tratado de sobreponerme a cualquier estado de desánimo o flaqueza y, quizás por ese motivo, he tenido muy claro que esta vida es una continua lucha que merece la pena ser vivida.

La lucha de la que hablo la he llevado a cuestas durante años, como todo hijo de vecino, pero especialmente, y con verdadera angustia, desde el año 2016, año en el que mi movilidad se vio afectada al mismo tiempo que una de las personas a la que más quiero se vio inmerso en una serie de complicaciones médicas mal percibidas por el Instituto Nacional de la Seguridad Social y su cuerpo de inspectores.

La cuestión es que esta persona tan cercana a mí, en el año 2007, dirigía una oficina bancaria y, en ese contexto, sufrió su primera crisis de ansiedad con síntomas de TOC, pánico, agorafobia y trastorno anancástico.

Posteriormente, en 2012, fue operado de espalda, lo que le llevó una baja laboral prolongada y en 2015, con poco más de cuarenta años, sufrió un infarto de miocardio que supuso una nueva situación de baja laboral.

A partir de este momento, el INSS, lejos de verlo como víctima de su propia autoexigencia (pues siempre se caracterizó por ser un trabajador ejemplar) lo consideró como un vago y un cuentista que simulaba situaciones de enfermedad para conseguir bajas laborales. Nada más lejos de la realidad, ya que eran sus propios médicos los que, conociendo su valía, no querían que él trabajara.

En medio de todo este embrollo, en septiembre de 2016 la persona de la que hablo (que no es otra que mi hermano pequeño) fue llamado a una valoración por el INSS (a la que yo personalmente le acompañé) y les aseguro que puedo dar fe de la desconsideración con la que fue tratado y la falta de acierto de la doctora que lo valoró, pues ésta llegó a la conclusión de que la agorafobia y el infarto grave de miocardio son un mismo motivo de baja.

A partir de ese momento mi hermano perdió tres meses de sueldo y el poco equilibrio mental que le quedaba, empezando a mostrar situaciones extremas como falta de memoria, bañarse en el mar mientras nevaba un 18 de enero de 2017, caminar por el monte sin iluminación durante la noche o evitar el trato con familiares y amigos por una tendencia enfermiza hacia la soledad.

En medio de esa lucha entre el Servicio Murciano de Salud y el INSS, fuimos observando que, para el INSS, un infarto de miocardio era lo mismo que una crisis de pánico, una gripe u un sangrado rectal, razón por la cual, desde entonces, tenemos una tremenda sensación de impotencia y desconfianza hacia una administración que, en este caso, lejos de volcarse en terapias acertadas se cebó con un enfermo hasta el punto de desencadenar una situación desesperante y trágica.

Antes de terminar quiero aclarar que el protagonista de esta serie de desavenencias siempre fue (y, gracias a Dios y a su fuerza de voluntad sigue siendo) una persona jovial, encantadora, con don de gentes, creativo y muy responsable. Por todo ello, pensando en quienes se puedan ver en una situación semejante, hoy, en el Día Internacional de las enfermedades mentales, quiero solicitar a voz en grito que se adopten soluciones adecuadas acompañadas de cuantas medidas sean necesarias, tales como, planes de prevención del estrés en empresas y centros de atención primaria, planes de seguimiento que no se dilaten en el tiempo, formación para que los funcionarios públicos tomen conciencia de la gravedad de estas situaciones, o que se controle a la administración pública para que ofrezca un correcto trato por los servicios de valoración del INSS. Yo, de momento, sólo puedo ofrecer mi experiencia y si con ello muevo la conciencia de alguien, me sentiré satisfecha.

Sonia Mª Saavedra de Santiago
Abogada y escritora
PLANETA UNIVERSAL BALEARES · OPINIÓN
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1 Comentarios

  1. Estoy totalmente de acuerdo con lo que expones y, desgraciadamente, puedo decirte que conozco una situación muy parecida de primera mano.

    Mi hermana es médica y actualmente está de baja por estrés y ansiedad. En varias ocasiones me ha contado la tremenda impotencia que siente ante la ineptitud de algunos de los profesionales que la han valorado para determinar si realmente está incapacitada para trabajar. Y quiero recalcar que digo algunos, porque no sería justo generalizar, pero los que le han tocado a ella, desde luego, han dejado mucho que desear.

    Lo más indignante es que ni siquiera la han explorado adecuadamente ni se han molestado en valorar su estado físico, a pesar de que la ansiedad le provocaba dificultades para tragar. Es decir, no hablamos solamente de un malestar emocional, sino de síntomas físicos que también merecen atención, exploración y una valoración médica rigurosa.

    Y hay algo que me parece especialmente paradójico: mi hermana es médico, conoce perfectamente la terminología y los procedimientos médicos, y aun así ha tenido que enfrentarse a valoraciones de profesionales de una mutua que, por lo que ella me cuenta, parecen partir de la sospecha de que quien solicita una baja está intentando engañar al sistema.

    Por supuesto que existen personas que pueden intentar aprovecharse de las bajas laborales, y eso no lo discuto. Pero la existencia de posibles abusos no justifica tratar a todos los pacientes como sospechosos ni permite que un profesional se salte los pasos que exige una valoración médica adecuada. Precisamente para distinguir a quien simula una enfermedad de quien realmente la padece es para lo que se supone que están los profesionales que nos evalúan.

    Y hay algo que debería ser elemental: no se puede valorar una enfermedad únicamente por lo que se ve desde fuera, ni aplicar el mismo criterio a situaciones clínicas diferentes. Un infarto de miocardio y una agorafobia no son lo mismo, como tampoco lo son sus síntomas, sus limitaciones ni las consecuencias que pueden tener sobre la capacidad de una persona para trabajar. Una enfermedad mental no es menos real ni menos incapacitante por no resultar visible en una radiografía.

    Creo que el problema de fondo es que, en ocasiones, se olvida que detrás de cada expediente hay una persona, con una historia, unos síntomas y un sufrimiento que merecen ser escuchados. Una valoración no debería convertirse en un interrogatorio en el que el paciente tenga que demostrar que no está mintiendo, sino en un proceso profesional, objetivo y humano que permita determinar cuál es su situación real.

    Gracias por poner voz a una realidad que muchas personas sufren en silencio. Porque estar enfermo ya es suficientemente duro como para tener que luchar, además, contra la desconfianza y la falta de sensibilidad de quienes deberían ayudarnos.

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