Son las diez y media de la noche y un hombre conduce lentamente por una calle de Palma. No está perdido. Aunque lo parece. Lleva veinticinco minutos dando vueltas alrededor de las mismas cuatro manzanas. Ha pasado tres veces delante del mismo bar, dos delante de la misma farmacia y tantas frente al mismo contenedor que probablemente mañana se saluden.
Busca aparcamiento. Una actividad que en otros lugares pertenece al ámbito de la movilidad urbana y que en Palma empieza a parecerse peligrosamente a una disciplina olímpica.
De pronto ocurre el milagro. A cincuenta metros aparece un hueco. El conductor lo ve. Su acompañante también.
—Ahí hay uno.
La frase se pronuncia con la emoción con la que antiguamente los navegantes gritaban «¡Tierra!». El coche acelera ligeramente. No demasiado. En estos momentos hay que conservar la dignidad.
Pero cuando llega descubre la verdad: hay una moto.
Una pequeña moto negra, perfectamente colocada en el centro de un espacio donde cabrían dos coches familiares, una furgoneta y probablemente un estudio de treinta metros cuadrados anunciado por 1.200 euros al mes.
Silencio. El conductor continúa. Palma acaba de marcar el 1-0.
Mientras tanto, la ciudad continúa con su vida. Una pareja pasea mirando un teléfono móvil. Tres jóvenes discuten delante de un establecimiento. Un repartidor atraviesa la calle con esa expresión de quien lleva toda la noche negociando personalmente con el tráfico.
En una terraza todavía quedan turistas cenando. Ellos parecen felices. No tienen coche.
El conductor vuelve a pasar delante del bar. El camarero empieza a reconocerlo. A la quinta vuelta quizá le saque una mesa.
Entonces aparece otro hueco. Esta vez parece auténtico. No hay moto. No hay contenedor. No hay vado. No hay línea amarilla. Durante aproximadamente cuatro segundos, el universo recupera el equilibrio.
Pero delante aparece otro coche. Intermitente. Marcha atrás. Adiós.
El desconocido ocupa la plaza. Nuestro conductor pasa lentamente junto a él. No lo mira. Hay derrotas que deben afrontarse con elegancia.
A las once menos cuarto sucede algo inesperado: encuentra sitio. Está lejos de casa. Muy lejos. Pero a estas alturas la distancia ha dejado de ser un concepto geográfico.
Aparca. Apaga el motor. Comprueba dos veces las líneas del suelo, tres veces las señales y una cuarta por si el Ayuntamiento hubiera colocado alguna nueva mientras cerraba el coche. Todo parece legal.
Empieza a caminar. Quince minutos después llega a casa. Ha tardado más en aparcar que en conducir desde el trabajo.
Pero no importa. Mañana por la mañana tendrá otro problema: recordar dónde demonios dejó el coche.
Porque Palma no son únicamente sus monumentos, sus playas, sus cifras turísticas ni sus grandes proyectos. También es ese señor que esta noche ha dado seis vueltas a la manzana y que, después de encontrar aparcamiento, vuelve caminando hacia casa con una felicidad difícil de explicar a quien nunca ha intentado aparcar aquí.
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