Cruzar en rojo cuando nadie mira
El semáforo está en rojo. Un
grupo de personas espera en la acera de Jaime III, en Palma, un martes
cualquiera a las siete y cuarenta de la tarde. Pero un hombre trajeado,
con el móvil pegado a la oreja, cruza sin mirar. A los dos segundos lo
siguen dos chicas con cascos y la cabeza en otra parte. Luego una madre
con un carrito duda durante un instante, mira a izquierda y derecha, y
cruza también. En menos de diez segundos el semáforo sigue en rojo, pero
ya nadie espera.No hace falta un estudio universitario para entender lo que acaba de pasar. Solo hace falta mirar. El primero infringe la norma por prisa o por soberbia o por simple costumbre. Los otros lo imitan no porque estén convencidos, sino porque piensan que si él puede, ellos también. Y el que duda al final se siente tonto por ser el único que sigue quieto mientras todos los demás ya están al otro lado.
Así funciona el efecto manada. En un minuto lo anormal se vuelve normal. Lo raro es esperar. Lo extraño es obedecer. Y entonces uno se pregunta si la ley la dicta realmente el código penal o el semáforo, o si la dicta simplemente lo que hace el de al lado.
El peatón que cruza en rojo no es un rebelde sin causa. Es un espejo. Copiamos, seguimos, nos mimetizamos. Lo hacemos en los pasos de cebra y también en las redes sociales, también en la oficina, también en la forma de tratar al que viste distinto o piensa diferente o simplemente se queda quieto cuando todos los demás ya cruzaron.
La próxima vez que estés ante un semáforo en rojo y nadie te mire, pregúntate si cruzas porque es seguro o porque nadie va a juzgarte. Y pregúntate también, ya puestos, cuántas veces al día tomas decisiones así: no por convicción, sino por imitación.
Porque al final cruzar en rojo cuando nadie mira no es un delito grave. Pero es un síntoma. Un síntoma de cómo construimos la ciudad, la norma y, a veces, nuestra propia vergüenza de esperar solos mientras los demás ya están al otro lado.
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