Viernes noche. Pero una noche diferente. Mientras nos divertimos en la disco o en la terraza, no muy lejos las bombas caen y la economía empieza a resentirse. La ciudad no piensa, sigue. Parece que por unas horas las preocupaciones se quedan a un lado. Al fin y al cabo, vemos las explosiones todos los días. Vemos cómo se entierra a la gente.
Seguramente, entre cerveza y cerveza, se generan efusivos debates alimentados por la coherencia y la sabiduría que nos da el alcohol. Ya que no somos capaces de cambiar nada (o sí), a divertirse. La ciudad no siempre es indiferente a la situación y sus señales se notan.
Hay algo extraño en el ambiente. No es miedo exactamente, tampoco indiferencia. Es más bien una especie de conciencia silenciosa que aparece en algunos gestos: en la conversación que de repente baja de tono, en el móvil que se consulta con demasiada frecuencia, en la televisión del bar que nadie mira directamente pero que todos escuchan de fondo.
Las noticias han cambiado el paisaje emocional de la noche. Antes hablábamos del tiempo, del fútbol o del precio del alquiler. Ahora aparecen palabras que hace unos años parecían reservadas para los libros de historia: misiles, estrechos estratégicos, petróleo, sanciones, guerra.
Sin embargo, la ciudad tiene una habilidad extraordinaria para seguir funcionando. Los taxis siguen llegando a la puerta de los bares, los camareros siguen sirviendo copas con precisión mecánica y las luces de neón siguen parpadeando como si nada pudiera alterar ese ritual nocturno.
Quizá sea una forma de resistencia. Quizá simplemente sea costumbre.
Porque la ciudad, como los organismos vivos, tiene una lógica propia: mientras el mundo discute y los mercados tiemblan, aquí la vida continúa. La música suena, alguien ríe demasiado fuerte, otro pide otra ronda y en alguna mesa alguien explica con seguridad cómo debería resolverse el conflicto internacional.
El viernes por la noche siempre ha sido una pequeña tregua. Una pausa colectiva en medio del ruido del mundo.
Pero esta noche, aunque la música esté alta y las terrazas llenas, hay algo que se cuela entre las conversaciones. Una sensación difusa de que lo que ocurre lejos no está tan lejos como parece.
Las guerras empiezan en los mapas, en los discursos y en las estrategias. Pero sus ondas llegan hasta aquí, hasta la barra de un bar, hasta el precio de la gasolina, hasta el coste de un vuelo, hasta la conversación improvisada de una madrugada cualquiera.
La ciudad sigue. Siempre sigue.
Pero esta noche, bajo las luces y la música, se nota que el mundo se ha movido un poco.

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