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“Sé que antes de mi muerte seguro que mi suerte cambiará”

PLANETA UNIVERSAL BALEARES · OPINIÓN

“Sé que antes de mi muerte seguro que mi suerte cambiará”

Por Teodora Petkoff


Mi suerte cambió cuando, en la última década del siglo pasado, me instalé en Caracas. Por experiencia propia —no por lo que otros contaban— descubrí lo trepidante y glamorosa que era la vida en esa ciudad.

La Sultana del Ávila conectaba de tú a tú con las grandes capitales del mundo: la moda de París, Londres y Nueva York con Carolina Herrera; la arquitectura moderna de Tomás Sanabria y Carlos Raúl Villanueva; el arte de luz y movimiento de Cruz-Diez y Jesús Soto; los festivales de teatro de Carmen Ramia. Había vehículos, vialidad, electricidad, publicidad, medicina, hotelería —de altura y all included—, gastronomía sofisticada, museos, espectáculos en vivo y en televisión, danza, y una presencia cotidiana de nombres notables de todas partes. Los viajes de placer, estudio o trabajo eran constantes. Y nos visitaban como a viejos amigos actores de Hollywood, premios Nobel, estrellas del rock, el Papa, la realeza inglesa, el Dalai Lama, Eric Clapton, Yes, Santana, Margaux Hemingway, David Copperfield… Parecía que lo teníamos todo en nuestra tierra de gracia: playas, selvas, ríos caudalosos, las rocas más antiguas del planeta, desierto, nieve, cacao, café, comercio, internet, cable submarino, becas para estudiar afuera. Teníamos el mundo agarrado por la barba… y el excremento del diablo —el petróleo— en las manos.

Enumero todo solo para recordar lo rápido que puede despilfarrarse una fortuna, como le ocurrió a Venezuela. Cuando hace treinta años perdimos el rumbo, lo perdimos todo. Pero este es otro tema.

Quizás el ámbito donde más se sentían los vínculos cosmopolitas —por su presencia cotidiana y gozosa— era la música, tanto académica como popular. En ese universo, fuera un concierto, un jingle, música de cámara, jazz, un evento de televisión o un gran espectáculo en espacios como el Poliedro o el Teatro Teresa Carreño, todo destacaba por talento, profesionalismo, esmero y pericia. Se hacían reales los sueños. Si en aspectos como la vida doméstica o la política podíamos parecer decimonónicos, el espectáculo, el arte y la música siempre estuvieron a la vanguardia, nutridos por las tendencias más avanzadas del mundo.

La música roncaba. Los músicos tenían los mejores instrumentos, estudiaban en las mejores escuelas, tocaban con colegas de otras latitudes, viajaban como invitados a escenarios de renombre y recibían en casa —y en tarima— a figuras internacionales de enorme talento. Los grandes del exterior no necesitaban traer equipos ni técnicos: el duende y la tecnología estaban aquí. Los teloneros venezolanos eran tan monstruos —en el mejor sentido— como los invitados. Y al terminar el concierto, espectáculo o grabación, la descarga seguía en los locales nocturnos o en las casas de los anfitriones, donde se armaban fiestas y jam sessions magistrales.

En Caracas todos se encontraban: Eddie Palmieri, Rubén Blades, Willie Colón, Víctor Cuica, Nené Quintero, Óscar “El Negro” Maggi, Philemon, El Negro Pitalúa, Freddy Roldán, Aldemaro Romero, Chucho Sanoja, Frank “El Pavo” Hernández, Gonzalo Micó y tantos otros. Salseros, roqueros, jazzistas, populares, sinfónicos, académicos. Sonaba la música de los maestros.

Rubén Blades

Describir aquel tiempo es sumergirse en un tornado visual y sonoro: ritmos, melodías, luces; noche, aire fresco; sabor, glamour, sudor y color. Eso es lo que mejor recuerdo de esos sitios icónicos donde sucedía “la movida” y nacían encuentros musicales espontáneos. No sé a quién atribuir la frase de que para improvisar hay que estudiar muchísimo, pero sin duda era un músico.

Al saber de la muerte inesperada de Willie Colón —“Yo… soy la muerte”—, gran amigo de Venezuela, regresó a mí el recuerdo de El Maní es Así, un sitio para oír y bailar salsa. Ese lugar liberaba, en su nocturnidad viviente, llena de son y frescura de trago —si es posible hacer semejante vínculo—, toda la sabiduría, el goce, el orgullo y el amor por la música latina plasmados en El Gran Libro de la Salsa, de César Miguel Rondón. Quedaba en un callejón entre la Av. Libertador, ruidosa flecha de dos pisos en el corazón de la ciudad con el majestuoso cerro El Ávila como fondo de escenario, y la fácilmente congestionable Av. Francisco Solano, a la altura de la Iglesia de la Sagrada Concepción en Sabana Grande.

 


Es allí, en el sofoco de la pista de baile a la cual se llega por un estrecho pasillo —tarima a un lado, unas pocas mesas redondas al otro—, donde, en el aire vibrante de notas y estridencias, chocan entre sí, en sincronía con la clave, los cubos de hielo en vasos rebosantes de ambarinas bebidas espirituosas. Allí vuelven a sonar, en mi recuerdo, las icónicas piezas del trombonista del Bronx. Curiosamente, también las escucha un humilde parquero de un restaurante de otra calle, en su radio de pilas, por Radio Aeropuerto, donde nació el término “salsa” en el programa de Fidias Danilo Escalona. Suenan en la noche caraqueña “Idilio”, “El gran varón”, “Calle Luna, Calle Sol”, “Soy el malo porque tengo corazón”, “Oh, qué será”… Detrás de cada canción hay un reto musical, un reflejo de la cotidianidad latina o una victoria sobre la injusticia.

Nadie mejor que César Miguel Rondón para abrir, en la mañana cuando nos alcanza la fatídica noticia, la pausa reflexiva y la lista de condolencias y recuerdos —muchísimos recuerdos— que en este momento unifican lo cantado con lo vivido y lo luchado. La aguerrida trayectoria de uno de los arquitectos del género es la columna vertebral de El Gran Libro de la Salsa, cuya lectura es reveladora y recomendable. La voz y el trombón de Willie Colón son la leyenda. Leo las notas de Soledad Bravo, Rubén Blades, Oscar D’León y numerosos melómanos que encuentran su expresión en la red X. Me convenzo de lo irreparable con la revista Rolling Stone.

Willie Colón

Lo latino y lo musical coinciden y se definen en la sonrisa y en la tristeza. La tristeza se llora cantando.

No puedo —ni me atrevo— imaginar lo que una persona con sentido musical, con oído y conocimiento, debe sentir en estos momentos.

Para mí, que como oyente soy diletante, es mejor detenerme en las letras, admirar la biografía de su autor y dar las gracias al ser humano que, desde su rebeldía como músico, representó la lucha por la libertad de un continente y de mi pueblo. Sin ser venezolano, Willie Colón apoyó a mi país. Lo hizo con humor, tino artístico y saña contra la dictadura chavista, como uno más de nosotros. Tenía compasión por Venezuela. Decía, con corazón agradecido, que aquí había encontrado su identidad como solista, cantante y compositor. Comprendía lo que ocurría y no transaba fortuna ni fama para servir de tonto útil a los adueñados del poder político. Otros lo hicieron.

Willie Colón criticaba duramente y con constancia el chavismo, los apagones, los colectivos, el narcotráfico del régimen, la entrega a Cuba y el fraude electoral. Se burlaba de Maduro —“El Carnicero”— con el chalequeo destructor del músico del barrio. “Señor presidente, esta cabeza de cochino… se está viendo usted en el espejo.”

Y, como tantos de nosotros: “Estoy esperando la oportunidad de volver a Venezuela antes de colgar el trombón.”

Sus palabras de solidaridad cumplían el efecto de un faro en la oscuridad. Recordaban que afuera —aunque por tanto tiempo no lo pareciera— había alguien con millones de seguidores que no se había vendido y remaba, con toda su fuerza y talento, en el mismo mar: hacia la libertad.

Gran amigo de Venezuela, Willie Colón sigue acompañándonos desde el país del cielo. Segura estoy de que ya encontraste una orquesta esperándote para tocar. Debes de haberte reencontrado ya con el saxofón de Víctor Cuica, el piano de “El Negro” Maggie y el contrabajo de Héctor “Pecho ’e’ Tabla” Hernández, tremendos músicos.

Todos van a tocar en la gran fiesta de la libertad cuando volvamos a hacerla.

 Nota editorial

 Memoria cultural, salsa y Caracas

El artículo “Sé que antes de mi muerte seguro que mi suerte cambiará”, de Teodora Petkoff, es un ejercicio de memoria cultural que recorre la Caracas cosmopolita de finales del siglo XX, con la música como hilo conductor y la salsa como lenguaje de identidad y libertad.

A través del recuerdo de figuras fundamentales como Willie Colón, Rubén Blades y César Miguel Rondón, el texto conecta la experiencia personal con la historia reciente de Venezuela, abordando la relación entre cultura, política, exilio y resistencia.

Preguntas frecuentes

¿Quién es la autora del artículo?
El texto está firmado por Teodora Petkoff, ensayista y articulista.

¿De qué trata el artículo?
Reflexiona sobre la Caracas cultural de finales del siglo XX, la música latina y la salsa como expresión de identidad, memoria y libertad.

¿Qué papel tiene Willie Colón en el texto?
Willie Colón aparece como referente musical y símbolo de compromiso cultural y político con Venezuela.

¿Por qué se mencionan Rubén Blades y César Miguel Rondón?
Porque forman parte del universo musical e intelectual que define la salsa como fenómeno cultural latinoamericano.

Texto original: Teodora Petkoff

 

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