CRÓNICA URBANA
Cuando la semana afloja
Rituales de viernes
Es viernes… Todo se repite de nuevo. Los chavales, las ropas, el autobús lleno, las terrazas preparadas para el aluvión, escenarios listos, el ambiente de la ciudad huele a perfume. Salir de trabajar y pensar que mañana no hay que madrugar.
Las aceras se vuelven más lentas, como si el asfalto entendiera que hoy no hay prisa. Las tiendas bajan la persiana con un gesto distinto, menos mecánico. Los bares sacan las sillas antes de tiempo y las conversaciones empiezan a subir de volumen sin que nadie lo note. La ciudad afloja el nudo de la semana.
En los semáforos, la gente ya no mira tanto el reloj. Mira a otros. Se cruzan risas rápidas, mensajes de voz enviados al vuelo, planes que se improvisan en mitad de un paso de peatones. Hay quien vuelve a casa y quien sale a buscarla fuera, aunque sea por unas horas.
Los chavales se reconocen entre sí por códigos invisibles: una chaqueta concreta, unas zapatillas nuevas, un peinado ensayado frente al espejo. Para ellos la noche empieza mucho antes de que se enciendan las farolas. Para otros, la noche es simplemente no hacer nada, dejarse estar, pedir una cerveza fría y mirar cómo pasa la gente.
El autobús va lleno, pero nadie protesta. Es un lleno distinto, compartido, casi cómplice. Se huele la colonia, el aftershave, el cansancio de la semana que se disuelve en promesa. Hay cuerpos que ya se inclinan hacia el fin de semana y cabezas que empiezan a vaciarse.
Las terrazas son trincheras alegres. Mesas preparadas, copas alineadas, camareros que saben que hoy no habrá tregua. La ciudad se organiza para ser usada, ocupada, gastada. Cada esquina es un posible escenario, cada calle una versión distinta de la misma historia.
Es viernes y la ciudad lo sabe. Se repite, sí, pero nunca igual. Porque aunque el ritual sea el mismo, las personas cambian. Y en esa pequeña variación está la vida urbana: en la repetición que nunca termina de ser copia.
Mañana no hay que madrugar. Y esa certeza, tan simple, lo cambia todo.




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