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Cuaresma: 40 días para parar en un mundo que no sabe frenar

SOCIEDAD · CULTURA · ACTUALIDAD

Entramos en la Cuaresma

El sentido de la Cuaresma en el siglo XXI


© PLU / Con el Miércoles de Ceniza comienza la Cuaresma, un periodo de cuarenta días que, durante siglos, ha marcado el calendario espiritual, social y cultural de Europa. Hoy, en una sociedad plural y acelerada, la pregunta ya no es únicamente qué significa la Cuaresma para los creyentes, sino qué lugar ocupa este tiempo de pausa en un mundo que rara vez se detiene.

Qué es la Cuaresma (y qué no)

Tradicionalmente, la Cuaresma es un tiempo de preparación hacia la Pascua. No se concibe como un periodo de castigo, sino de revisión: de la propia vida, de las prioridades y de la relación con los demás.

El ayuno, la sobriedad y la reflexión no fueron pensados como fines en sí mismos, sino como herramientas para recuperar lo esencial. En su origen, la Cuaresma invitaba a despojarse de lo superfluo para mirar de frente lo verdaderamente importante.


Un tiempo incómodo para una sociedad acelerada

Vivimos en una cultura que premia la inmediatez, el consumo constante y la visibilidad permanente. En este contexto, la propuesta cuaresmal resulta casi contracultural: parar, reducir, callar.

Quizá por eso la Cuaresma incomoda. No encaja bien con los algoritmos, ni con la lógica de la productividad continua. Obliga a preguntarse no solo qué hacemos, sino por qué lo hacemos.


Más allá de lo religioso

Incluso fuera del ámbito estrictamente religioso, la Cuaresma propone una dinámica reconocible: la revisión de hábitos, la contención voluntaria y el ejercicio de responsabilidad personal.

En tiempos de crisis climática, saturación informativa y fatiga emocional, conceptos como el ayuno —entendido como renuncia consciente— adquieren nuevas lecturas: menos ruido, menos exceso, menos consumo impulsivo.


La Cuaresma como ejercicio de responsabilidad

La tradición cristiana vincula la Cuaresma no solo al plano individual, sino al compromiso con los demás. La revisión personal pierde sentido si no se traduce en gestos concretos de justicia, cuidado y solidaridad.

En este sentido, la Cuaresma interpela también a las instituciones y a la vida colectiva: ¿qué estamos dispuestos a cambiar para que la convivencia sea más humana?


Un tiempo para recuperar el sentido

Entrar en la Cuaresma no es retroceder en el tiempo ni refugiarse en la nostalgia. Es aceptar la necesidad de detenerse, de revisar el rumbo y de asumir que no todo progreso consiste en avanzar sin pausa.

Tal vez por eso la Cuaresma sigue teniendo algo que decir, incluso en una sociedad que se declara secularizada. Porque, más allá de las creencias, sigue planteando una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué estamos dispuestos a cambiar para vivir mejor?

 

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