Querida Luna,
Ya se abren los párpados a la luz del amanecer, ya crecen las apuestas por abandonar la almohada, ya nos acaricia la mañana al caminar por la calle, por el prado o por las callejuelas estrechas y vencidas por la suave brisa de la mañana.
La primavera, como el otoño, son dos etapas que se desmarcan del verano y el invierno preparando su acceso a ellos, y me gusta el nacer de las flores y la caída de las hojas. Son un mismo pensamiento envuelto en el fondo de una sonrisa con tintes de melancolía.
Y las personas de bien nos estamos preguntando el porqué de todo eso cuando en otras partes del mundo, que no es el que nosotros estamos pisando, hay mujeres, hombres y niños que ni siquiera tienen una mala almohada en donde la noche anterior pudo recogerse sus sueños. Ellos, que no han pedido una guerra ni una trifulca, y sin embargo la tienen que estar sufriendo por decisiones de otros.
Vivir en paz no es desear la paz para quienes están sufriendo el no tenerla. Vivir en paz es conseguir algo que añoran, y debe dar igual de quién es la culpa para poder aplicarle un potente cicatrizante a las heridas que quedan en el cuerpo, y aquellas que se alejan del alma. Siempre encontraremos una razón para justificar estar en medio de un conflicto porque, por la parte contraria, están pensando de igual manera.
Antonio Mingote, tirando de una gran dosis de ironía, dijo en cierta ocasión:
“Todos quieren la paz, y para asegurarla, fabrican más armas que nunca”.
Quienes se acogen a ese dictado nunca participarán de un amanecer de primavera, ni escucharán el trinar de los pajaritos, ni vivirán con un dulce amanecer del nuevo día, porque el amanecer huele a pólvora quemada, los pajaritos han ido a anidar a otros lugares y allí ya no hay tierra húmeda que amortigüe esos olores infames, y el nuevo día quizás nunca les despierte.
Hasta incluso las noches tienen otro deambular por la vida. Si miramos hacia el cielo, veremos que las estrellas han dado un paso obligado a determinados puntos de luz y estelas que los soporta. Bombas y más bombas iluminan y destrozan caminos y veredas en donde por esta época florecen las amapolas y las margaritas.
¡Dios mío, cuánto desatino que no alcanzan a comprender el porqué estamos pagando cuando no hemos sido consultados directamente o hasta por una decisión virtual! No nos permiten ni siquiera parar el mundo para bajarse de él, como ya apuntó Grouxo March.
Y para quienes han iniciado una contienda sin tener bien medido el resultado y, sobre todo, el alcance de que ese camino se solapa con otro que nos acerca al de “no retorno”, es mejor escuchar la reflexión del historiador romano Tito Livio:
“Es mejor y más segura una paz cierta que una victoria esperada”.
Y hasta la sentencia del humanista renacentista Erasmo de Rotterdam nos tiene que hacer meditar sobre un más allá que acaba llegando:
“La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa”.
Decía Sor Juana Inés de la Cruz, en una redondilla con un toque de irreverencia:
O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
el que peca por la paga
o el que paga por pecar.
¡Qué más da la justificación de la ausencia de paz! Por eso, en caso de tener que vérselas una cara frente a la otra, escuchemos a Albert Camus:
“La paz es la única batalla que vale la pena librar”.
Es para desearos, desde lo más profundo de nuestros corazones, que como la primavera ya llegó, lo haga para quedarse, al menos durante 100 días más, en que arribará el calor pegajoso del verano.
Y será entonces cuando nos quede guardado en el baúl de los recuerdos: aquellas noches aún fresquitas, necesitadas de usar alguna prenda muy liviana; aquellos amaneceres abriéndose paso del sol entre la negrura de la noche; aquellos poemas que hemos recordado o las melodías que nos han amenizado el ambiente.
Es, y vivimos, la Primavera.

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