CRÓNICA NOCTURNA · COLONIZAR LA LUNA
Colonizar la Luna ya no es una idea de ciencia ficción, sino un proyecto inmobiliario en fase avanzada. Entre los primeros renders filtrados destaca el ambicioso Trump Tower Lunar, con un salón de baile galáctico donde la gravedad reducida permitirá valses imposibles y caídas elegantes a cámara lenta.
No tardarán en surgir las primeras alianzas interplanetarias, acompañadas, por supuesto, de sus correspondientes aranceles lunáticos. El comercio ya no distinguirá entre continentes, sino entre órbitas. Habrá tratados, disputas, embargos… y probablemente guerras comerciales por el helio-3 con vistas al Mare Tranquillitatis.
En paralelo, alguien ya está diseñando las primeras prisiones espaciales. Instalaciones modulares en órbita baja o quizá en la cara oculta, donde el silencio es absoluto. Allí, dicen algunos, podrían acabar quienes no encajen en los nuevos mapas migratorios del sistema solar. El concepto de frontera se volverá tridimensional.
Mientras tanto, la vida cotidiana planteará problemas inesperados. Habrá que revisar la fecha de caducidad de los alimentos con más rigor que nunca. Una disentería en ausencia de gravedad podría convertirse en una catástrofe logística. Los manuales de supervivencia incluirán capítulos incómodos, pero imprescindibles.
Atención también al fenómeno de la space flatulence. En un entorno cerrado, cada molécula cuenta. Confiemos en los sistemas de renovación del aire… y en la educación cívica de los primeros colonos.
De vuelta al Trump Lunar SPA Resort, el casino hierve. No hay ruletas ni cartas. El juego estrella es el de minimisiles de precisión: pequeños proyectiles que deben acertar sobre un globo terrestre tridimensional suspendido en el centro de la sala. Cada impacto genera un estallido visual y un sonido binaural cuidadosamente diseñado para provocar una satisfacción casi adictiva. La Tierra convertida en diana recreativa. Se divierten mucho..
En la terraza panorámica, turistas con trajes presurizados brindan con copas de champán adaptadas. Observan el planeta azul a lo lejos, ahora reducido a un objeto decorativo. Algunos sienten nostalgia. Otros calculan inversiones.
Más abajo, en los módulos habitacionales de clase media orbital, la realidad es distinta. Turnos largos, reciclaje constante, ventanas pequeñas. La Luna ya no es un sueño, sino un lugar donde vivir… o sobrevivir.

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